jueves, 12 de julio de 2012

Un sueño recurrente: Génesis.


Y ahí estaba de pronto sumido en mis pensamientos, como aletargado, de pronto el despertar fue inminente, entre el azul profundo y amenazador entre mis piernas flotantes, atadas a no sé cuál cuerda sin fin y contemplando un mundo de cabeza.

No había explicación para tal estado, ¿acaso estaba aún dormido? La cuerda era real, lo sabía, no causaba dolor como lo hace al ahorcado, era simplemente la sensación de su existencia. Tras el impulso de la curiosidad de saber qué me sostenía traté de incorporarme en dirección a la cuerda, sorprendido no sé si por la inmensidad del cielo o la profundidad de esa sensación de miedo en mi ocasionada.

Luego sin pensarlo me encontraba en un vaivén inesperado, primero lento y pausado al igual que un vértigo emocionante, después el ritmo cambio poco a poco aumentando la velocidad, aún así en mi había paz, mi única preocupación era el saber qué o quién sostenía el extremo de la cuerda.

De pronto un punto oscuro se posó a lo lejos, se formó una silueta pronto reconocible a mis ojos, ahí estábamos ambos puntos perdidos en la inmensidad, encontrándonos mutuamente como entes ficticios de una misma historia, ahí los dos sin saber el uno del otro, ausentes y presentes, uno frente al otro, en silencio, con las miradas entrecruzadas en sentidos opuestos, como si uno fuera el espejo del otro, sólo con el roce de los rostros y una respiración llena de misticismo, una fragancia cargada de erotismo puro.

Se respiraba la perfección y entendías el porqué de las cosas.

Suspendido al mismo nivel, olvidando los convencionalismos de un mundo terrenal, las jerarquías en este abismo eran superfluas al respirar un mismo aliento, un mismo ritmo, todo dentro de una alineación de miradas seductoras, atrayentes hacia una huída alterna tras la puerta de una tranquilidad que me transportaba a tierra firme; sin embargo el terreno era poco favorable e inestable, tremendamente hostil.

En un cerrar de ojos y en menos de una toma de aliento ya no estaba él, ¿a dónde fuiste?; ya no había cuerda, ¿quién me desató?; ya no estaba de cabeza, mis pies tocaban tierra firme y aspiraba ese olor a azufre, me quité la camisa pues el calor era insoportable.

Así en esa inestabilidad fue mi despertar, lleno de temor inicié un trayecto el cual ni hoy mismo entiendo, absorto por todo lo externo sin importar mi propia imagen, caminando, observando, buscando no sé qué, un poco ver aquí, otro allá, unas veces en senderos llenos de personas, tan vacías que pareciesen tener un hueco en alma misma, sin saber donde radica ella. Unos con orificios en el estomago, otros tantos en la cabeza, sin importar el lugar, de ellos emanaban grises sombras que eran cómplices de la opacidad de este extraño cielo que nos aniquilaba con pequeñas dosis de miedo.

No supe exactamente lo que recorrió mi pensamiento en el instante de ese encuentro, tal vez un tipo de lástima, misericordia, ¿será?, sin embargo una cosa  era segura, lo gratificante de encontrar acompañantes a lo largo de ésta travesía, sin importar que yo no existiera en su irrealidad, tal vez era sólo una partícula en su inmenso mundo, un mundo caliente, envuelto en espesas nubes de donde caían sin cesar aguaceros hirvientes, tal vez eran ellos los primeros seres vivientes, quién podría afirmar que era lo contrario al principio.

De pronto aparecí en medio de artefactos que ni la más avanzada ciencia del entendimiento hubiera podido explicar, eran enormes, cavando el suelo y el cielo a la vez, como brazos de acero tomando a su voluntad de un lado o del otro, arriba o abajo qué importaba el orden, parecía no haberlo en este lugar. Enfoqué mi atención en averiguar el motivo de tanto ajetreo, era una búsqueda interminable de una solución a su incoloro e insaboro presente, la segunda persona que encontré dentro de mis semejanzas en la agonía de este ambiente hasta cierto punto tétrico, se acercó a mi sin ninguna explicación aparente, habiéndome revelado en mi mismo lenguaje las respuestas a TODO lo que pudieses cuestionarte.

Todo colisionó, pasé de estado sólido a gaseoso en un santiamén, como si mi realidad fuera un lienzo y alguien lo jalara como quitando una sábana de una cama o un mantel de una mesa. Formaba yo parte de la conciencia divina, de la inmaculada perfección, éramos uno, éramos TODO. Ya no era yo físicamente pero aún sentía el ardor de mi esencia, mi individualidad, misma que me hacía recordar con lucidez mi objetivo en ese justo momento.

Desperté.

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