Y ahí estaba
de pronto sumido en mis pensamientos, como aletargado, de pronto el despertar
fue inminente, entre el azul profundo y amenazador entre mis piernas flotantes,
atadas a no sé cuál cuerda sin fin y contemplando un mundo de cabeza.
No había
explicación para tal estado, ¿acaso estaba aún dormido? La cuerda era real, lo
sabía, no causaba dolor como lo hace al ahorcado, era simplemente la sensación
de su existencia. Tras el impulso de la curiosidad de saber qué me sostenía
traté de incorporarme en dirección a la cuerda, sorprendido no sé si por la
inmensidad del cielo o la profundidad de esa sensación de miedo en mi
ocasionada.
Luego sin
pensarlo me encontraba en un vaivén inesperado, primero lento y pausado al
igual que un vértigo emocionante, después el ritmo cambio poco a poco aumentando
la velocidad, aún así en mi había paz, mi única preocupación era el saber qué o
quién sostenía el extremo de la cuerda.
De pronto un
punto oscuro se posó a lo lejos, se formó una silueta pronto reconocible a mis
ojos, ahí estábamos ambos puntos perdidos en la inmensidad, encontrándonos
mutuamente como entes ficticios de una misma historia, ahí los dos sin saber el
uno del otro, ausentes y presentes, uno frente al otro, en silencio, con las
miradas entrecruzadas en sentidos opuestos, como si uno fuera el espejo del
otro, sólo con el roce de los rostros y una respiración llena de misticismo,
una fragancia cargada de erotismo puro.
Se respiraba
la perfección y entendías el porqué de las cosas.
Suspendido al
mismo nivel, olvidando los convencionalismos de un mundo terrenal, las
jerarquías en este abismo eran superfluas al respirar un mismo aliento, un
mismo ritmo, todo dentro de una alineación de miradas seductoras, atrayentes
hacia una huída alterna tras la puerta de una tranquilidad que me transportaba
a tierra firme; sin embargo el terreno era poco favorable e inestable,
tremendamente hostil.
En un cerrar
de ojos y en menos de una toma de aliento ya no estaba él, ¿a dónde fuiste?; ya
no había cuerda, ¿quién me desató?; ya no estaba de cabeza, mis pies tocaban
tierra firme y aspiraba ese olor a azufre, me quité la camisa pues el calor era
insoportable.
Así en esa
inestabilidad fue mi despertar, lleno de temor inicié un trayecto el cual ni
hoy mismo entiendo, absorto por todo lo externo sin importar mi propia imagen,
caminando, observando, buscando no sé qué, un poco ver aquí, otro allá, unas
veces en senderos llenos de personas, tan vacías que pareciesen tener un hueco
en alma misma, sin saber donde radica ella. Unos con orificios en el estomago,
otros tantos en la cabeza, sin importar el lugar, de ellos emanaban grises
sombras que eran cómplices de la opacidad de este extraño cielo que nos
aniquilaba con pequeñas dosis de miedo.
No supe
exactamente lo que recorrió mi pensamiento en el instante de ese encuentro, tal
vez un tipo de lástima, misericordia, ¿será?, sin embargo una cosa era segura, lo gratificante de encontrar
acompañantes a lo largo de ésta travesía, sin importar que yo no existiera en
su irrealidad, tal vez era sólo una partícula en su inmenso mundo, un mundo
caliente, envuelto en espesas nubes de donde caían sin cesar aguaceros
hirvientes, tal vez eran ellos los primeros seres vivientes, quién podría
afirmar que era lo contrario al principio.
De pronto
aparecí en medio de artefactos que ni la más avanzada ciencia del entendimiento
hubiera podido explicar, eran enormes, cavando el suelo y el cielo a la vez,
como brazos de acero tomando a su voluntad de un lado o del otro, arriba o
abajo qué importaba el orden, parecía no haberlo en este lugar. Enfoqué mi
atención en averiguar el motivo de tanto ajetreo, era una búsqueda interminable
de una solución a su incoloro e insaboro presente, la segunda persona que
encontré dentro de mis semejanzas en la agonía de este ambiente hasta cierto
punto tétrico, se acercó a mi sin ninguna explicación aparente, habiéndome revelado
en mi mismo lenguaje las respuestas a TODO lo que pudieses cuestionarte.
Todo colisionó,
pasé de estado sólido a gaseoso en un santiamén, como si mi realidad fuera un
lienzo y alguien lo jalara como quitando una sábana de una cama o un mantel de
una mesa. Formaba yo parte de la conciencia divina, de la inmaculada
perfección, éramos uno, éramos TODO. Ya no era yo físicamente pero aún sentía
el ardor de mi esencia, mi individualidad, misma que me hacía recordar con
lucidez mi objetivo en ese justo momento.
Desperté.
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